Ese soy yo, un hombre que ha dejado de pertenecer a su lugar de origen pero que tampoco se mimetiza con su lugar de residencia, ya no soy el que era, ni el que llegaré a ser, sólo soy yo, con mis circunstancias actuales, a mitad de camino entre dos lugares siempre distantes. Ya no tengo raices, si es que alguna vez las tuve, y mi identidad cultural se diluye en la mezcla de las costumbres que he compartido a lo largo del tiempo. Soy un crisol de contenidos, un continente en el que todo cabe, pero al que nada pertenece. Y si embargo, me siento rico, me siento universal.
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